Las gélidas temperaturas de Islandia suelen durar unos cinco meses al año, pero el Gobierno ha elegido un día de verano agradable para su crucial referéndum nacional. Este sábado, los habitantes de la isla nórdica votan sobre otro tipo de deshielo: decidir si se retoman las negociaciones para unirse a la Unión Europea, congeladas durante mucho tiempo.
Islandia solicitó inicialmente su ingreso en la UE en 2009, tras la crisis financiera que devastó a muchas familias y empresas en este país de apenas 400.000 habitantes. Sin embargo, pocos años después de iniciado el proceso, el nuevo Gobierno de centroderecha paralizó abruptamente dichas aspiraciones, argumentando que podrían conllevar una pérdida de control sobre las aguas territoriales de pesca y sobre la soberanía islandesa.
Más de una década después, la actual coalición de Gobierno de centroizquierda basó su campaña en la propuesta de celebrar un referéndum para reanudar las conversaciones con la UE “a más tardar en 2027”, así como en impulsar una política exterior de mayor cooperación con la UE, los demás países nórdicos y la OTAN.
Si bien el debate sobre el referéndum se ha centrado casi exclusivamente en la economía —por ejemplo, el posible impacto de unirse a la eurozona y modificar la política pesquera—, la votación se produce en un contexto muy específico.
Desde el año pasado, las agresivas maniobras del presidente Donald Trump respecto a Groenlandia han puesto el debate sobre la seguridad en el Ártico en primer plano, tanto en Europa como en el resto del mundo. Islandia, que cuenta con un sólido servicio de guardacostas pero carece de Fuerzas Armadas o Ministerio de Defensa propios, se encuentra en una posición interesante en un mundo marcado por las presiones de las grandes potencias.
No obstante, el país ya mantiene importantes alianzas gracias a su pertenencia a la OTAN y al Espacio Económico Europeo (EEE), que permite la libre circulación de personas, mercancías y capitales entre 30 países. Además, ya forma parte del espacio Schengen, lo que facilita los viajes sin visado. Recientemente ha firmado un pacto con otros cuatro países de la OTAN para reforzar la seguridad marítima en el Ártico y el Atlántico Norte, una zona considerada clave dados los movimientos navales rusos en la región.
Los analistas señalan que la seguridad es una preocupación creciente en Bruselas.
“Para la Unión Europea, Islandia será un socio mucho más relevante en materia de seguridad en comparación con, digamos, hace diez años”, afirmó Almut Möller, directora de Asuntos Europeos y Globales del European Policy Centre, un centro de estudios con sede en Bruselas. “Este es un contexto muy diferente”.
Y, en un momento de inestabilidad mundial, existe también el deseo dentro del bloque de 27 naciones de “demostrar que la Unión está viva y activa; que acoge a nuevos miembros y que es una unión que también crece en términos de geoestrategia, geopolítica y seguridad”, señaló Möller. Esto es especialmente cierto tras la votación del Brexit en el Reino Unido en 2016, que alimentó las especulaciones sobre otras naciones que podrían querer abandonar el proyecto europeo.
La primera ministra de Islandia, Kristrún Frostadóttir, afirmó en una reciente entrevista de pódcast que el interés de la UE podría jugar a su favor.
“Creo que es un momento excelente para que Islandia se una, dada la situación geopolítica en la que nos encontramos”, declaró Frostadóttir al pódcast The Rest is Politics. “También creo que nos otorga una posición más sólida en las negociaciones de adhesión”.
La población islandesa no suele considerarse estratégicamente relevante, pero esa percepción está cambiando rápidamente, según Ragnar Hjálmarsson, asesor sénior del centro de estudios islandés Varda. El país se mantuvo neutral durante la Segunda Guerra Mundial y no ha enfrentado amenazas graves desde la época de la Unión Soviética. Las Fuerzas Armadas estadounidenses, que llegaron a tener presencia allí, decidieron retirarse en 2006 al disminuir la percepción de amenaza; sin embargo, la actividad de la Marina de EE.UU. y las inversiones de la OTAN se reanudaron tras la invasión rusa de Ucrania.
Por otro lado, “las acciones de la administración Trump respecto a Groenlandia generaron cierto temor. Su descaro provocó inquietud en Islandia”, comentó Hjálmarsson. Tampoco ayudó que Trump confundiera repetidamente a Groenlandia con Islandia al hablar de reclamar el control de ese territorio ártico vecino.
“Pero también hizo que los islandeses cobraran conciencia de… la importancia estratégica de Islandia. No obstante, esto no ha cambiado los temas de los que hablan los votantes”.
El argumento del Gobierno —encabezado por la Alianza Socialdemócrata— a favor de votar “sí” se resume en lo siguiente: veamos al menos qué podríamos obtener en un posible acuerdo con la UE.
Según la primera ministra, se trata de “mantener abierta la opción” de ver cómo sería un acuerdo. “Uno puede tener dudas sobre la UE y aun así decir ‘sí’ (a las negociaciones) porque quiere ver qué aspecto tendría el acuerdo”.
El argumento principal de Frostadóttir es que unirse a la eurozona ofrecerá nuevas oportunidades de inversión y estabilidad para los ciudadanos y las empresas de Islandia, que actualmente operan con la volátil corona islandesa. También ha señalado que mantener reservas de moneda propia “cuesta una fortuna” y ha mencionado otros posibles beneficios de la UE, como subvenciones para la agricultura en el Ártico, préstamos para infraestructuras e integración en la investigación académica.
No obstante, también reconoció que muchas personas sienten una preocupación comprensible ante la idea de transferir más poder a Bruselas.
Por otro lado, el bando del “no” se opone firmemente a la adhesión a la UE, alegando cuestiones de soberanía, especialmente en lo referente a la posibilidad de que buques extranjeros accedan a las aguas pesqueras islandesas. (El sector pesquero representa alrededor del 6,5 % del PIB de Islandia, según datos del Consejo Nórdico).
Los sondeos de Gallup indican que el resultado del referéndum es incierto: cerca del 51,5 % de quienes tenían una postura definida se mostraron a favor de reanudar las negociaciones con la UE, mientras que el 48,5 % se opuso. Un pequeño porcentaje declaró seguir indeciso.
Si el referéndum prospera, dará lugar a una segunda consulta nacional —probablemente dentro de más de un año— para decidir si se solicita formalmente la adhesión a la UE. El ministro de Asuntos Exteriores de Islandia declaró a los medios locales que las negociaciones para alcanzar un acuerdo de adhesión podrían prolongarse durante 18 meses.
Parte de lo que hace que este referéndum sea distinto de los procesos de adhesión de otros países o del complejo escenario del Brexit en el Reino Unido es el hecho de que a Islandia ya le va bastante bien.
El país figura entre los diez primeros del mundo en cuanto a PIB per cápita (con US$ 98.300, se sitúa un escalón por encima de Estados Unidos) y registra un desempleo relativamente bajo. Además, sus habitantes disfrutan de asistencia sanitaria universal, educación preescolar universal y permisos familiares remunerados e igualitarios, como parte del modelo de bienestar nórdico del país.
Sin embargo, no está exento de problemas. Las cicatrices de la crisis financiera de 2008 siguen grabadas en la memoria de los islandeses, y la pequeña moneda nacional es propensa a la volatilidad y a las espirales inflacionistas. El costo de la vida también es increíblemente elevado.
Algunos partidarios de la adhesión a la UE sostienen que el uso de la corona dificulta la atracción de inversión internacional y la prevención de prácticas monopolísticas.
“La gente espera que unirse a la UE nos aporte disciplina económica y mayor estabilidad, además de más competencia a nivel interno”, afirmó Hjálmarsson, resumiendo el argumento a favor de retomar las negociaciones con la UE. “La importación y distribución de petróleo están controladas por tres o cuatro empresas; lo mismo ocurre en todos los grandes sectores”.
El bando del “no” tiene sus propias preocupaciones económicas.
Hjálmarsson señaló que, desde la perspectiva euroescéptica, “el control sobre nuestros propios recursos —y no la dominación extranjera— es lo que ha garantizado la prosperidad de Islandia. Por tanto, si ponemos en peligro ese control, ponemos en peligro nuestra prosperidad futura”. Desde 2009, algunos sindicatos y empresarios han cambiado de postura y se han pasado al bando contrario a la UE.
Asimismo, la idea de contar con un puesto formal en la mesa de decisiones de la UE no ha logrado convencer a los euroescépticos, liderados por el opositor Partido de la Independencia. “¿De qué sirve tener un asiento en la mesa si no tenemos la última palabra?”, declaró Gudrún Hafsteinsdóttir, líder del Partido de la Independencia.
No obstante, los analistas también han señalado que, dado que Islandia resulta atractiva para la UE —sería contribuyente neto al presupuesto comunitario gracias a su riqueza y requeriría menos reformas que los países balcánicos que aspiran a unirse—, podría conseguir ciertas excepciones respecto a las políticas pesqueras y agrícolas del bloque.
“Creo que habría disposición a tener en cuenta la situación particular de Islandia, incluidos sus recursos naturales”, afirmó Möller, del European Policy Centre.
Si Islandia vota a favor, el proceso aún podría fracasar durante los meses de negociaciones necesarios para alcanzar un acuerdo formal. La gran incógnita es qué estará dispuesta a ofrecer la UE a Islandia —cuya población se muestra muy indecisa al respecto— para asegurar su adhesión.
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