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Pandillas, rivalidades del rap y viejas grabaciones marcan la primera semana del juicio por el homicidio de Tupac

Bajo una cubierta que los protegía del sol del desierto —que eleva las temperaturas a casi 43 °C (110 °F)—, turistas en Las Vegas se deslizaban por tirolesas sobre la calle Fremont. En una sala del tribunal situada a tres cuadras de distancia, el abogado Michael Sanft realizaba su propia acrobacia de alto riesgo.

El abogado defensor de Duane Davis, quien representa a la única persona acusada alguna vez del homicidio de Tupac Shakur, dijo a los miembros del jurado que los frecuentes comentarios de su cliente sobre su participación en el tiroteo mortal del 7 de septiembre de 1996 —que comenzaron con una entrevista secreta con el Departamento de Policía de Los Ángeles en 1998 y continuaron con declaraciones públicas, podcasts y un libro— fueron una obra de ficción de casi dos décadas.

“Tonterías”, lo resumió Sanft en letras mayúsculas en una diapositiva durante su declaración inicial el lunes 17 de agosto.

Antes de que el tribunal iniciara la sesión ese día, una larga fila de personas serpenteaba por el vestíbulo del Centro Regional de Justicia en el centro de Las Vegas, a la espera de pagar multas de tránsito. Una de las únicas señales del juicio que ha atraído atención internacional aparecía en un conjunto de 14 pantallas de video que mostraban todos los casos que se verían cada día en el edificio.

Prácticamente oculto entre los cientos de casos enlistados alfabéticamente en letra diminuta, había un nombre en medio de la segunda pantalla: “DAVIS, DUANE KEITH”.

Así lo conoce el sistema judicial de Nevada. El resto del mundo lo llama Keffe D.

Un jurado acaba de completar la primera semana de lo que se prevé será un juicio de un mes sobre la presunta participación de Davis en el homicidio del célebre Shakur, para determinar si Davis es un mentiroso compulsivo o un asesino a sangre fría.

Las dudas sobre cuál versión de Davis creer —y si la justicia es siquiera posible por un asesinato ocurrido hace casi 30 años, con testigos que envejecen, recuerdos que se desvanecen y tantas figuras clave fallecidas— fueron el eje de la primera semana de este juicio, que ha revivido una época singularmente extravagante y violenta en la historia de la música.

“En este mundo, el silencio significa supervivencia”, dijo el fiscal Binu Palal al jurado. “La única persona a la que le cuesta guardar silencio es Duane Davis”.

Cada día del juicio ha requerido explicar cómo era el mundo en 1996; un recordatorio para los miembros del jurado de mayor edad y una lección básica para los más jóvenes. Los teléfonos móviles —aquellos que se usaban realmente para hablar con la gente, en lugar de enviar mensajes de texto o publicar en redes sociales— aún no eran un equipo personal imprescindible, aunque varias de las personas involucradas en aquel entonces ya los tenían.

Una prueba clave —la factura en papel de un hotel que muestra una serie de cargos de 75 centavos por llamadas locales— ahora parece un objeto amarillento de un pasado lejano. El video de vigilancia que muestra al séquito de Shakur saliendo del MGM Grand después de agredir al sobrino de Davis, Orlando “Baby Lane” Anderson —el hecho que, según los fiscales, llevó a Davis a planear una venganza mortal— tiene las reveladoras líneas onduladas propias de su fuente: una vieja cinta de video analógica.

“Tuvimos que conservar un reproductor de VHS en la unidad de homicidios para poder ver esas cosas”, señaló en el estrado el exagente de policía de Las Vegas, Dean O’Kelley.

El paso del tiempo también se refleja en los propios testigos. Los investigadores que aún viven están casi todos jubilados; algunos de ellos testifican de manera algo incómoda a través de Zoom, entre dificultades técnicas desde sus hogares lejanos. La joven que, de fiesta, presenció el tiroteo desde un coche que pasaba por allí, aparece ahora en el estrado como una mujer de mediana edad vestida con sencillez. Reggie Wright Jr., quien fuera el temido jefe de seguridad de Death Row Records, está tan debilitado por el covid persistente que no puede caminar hasta el estrado y, en su lugar, declara desde su scooter eléctrico.

Sanft, quien a menudo pide a los testigos que no se preocupen si no logran recordar con precisión sucesos de hace 30 años, afirmó que el paso del tiempo es el mejor aliado de su cliente, especialmente porque la policía no redactó informes oficiales sobre muchos de los acontecimientos de la cronología presentada por la fiscalía, incluida la agresión a Anderson.

“El tiempo transcurrido supondrá un enorme obstáculo para cualquiera que intente recordar cosas”, declaró a la prensa. “Por eso son importantes los informes policiales”. Los fiscales argumentaron que ese tipo de documentación es innecesaria, dado que el propio Davis explicó los hechos en entrevistas —tanto privadas como públicas— que continuaron hasta la víspera de su juicio.

“Incluso en llamadas privadas, Duane Davis nos ha hablado una y otra vez de la ira que sentía y de su propio papel en el tiroteo desde un vehículo en marcha cometido en venganza contra Tupac Shakur”, dijo Palal.

Davis reveló públicamente por primera vez su propio pasado pandillero en un documental de 2018, al afirmar que necesitaba desahogarse y contar la historia.

“No tengo nada más que perder. Lo único que me importa ahora es la verdad”, dijo Davis en un clip promocional de la serie de BET “Death Row Chronicles”. Davis ha dicho que participó en el programa por dinero, y el productor de ese programa declaró que se le pagó por aparecer.

Cuando Davis decidió sacar aún más provecho de su historia un año después con su libro, “Compton Street Legend”, fue más que un relato revelador imprudente desde el punto de vista legal. Fue la llave que desbloqueó horas de testimonios hasta entonces protegidos que la policía guardó todo ese tiempo.

Los fiscales revelaron que Davis —conocido por su tendencia a hablar de más— había colaborado con los investigadores desde 1998 (apenas dos años después de que Shakur muriera baleado) en una serie de entrevistas secretas en las que intentaba minimizar sus propios problemas legales con información a la policía.

Para 2008, la policía de Los Ángeles trataba de averiguar quién había matado a Christopher Wallace —más conocido como “Biggie Smalls” y “The Notorious B.I.G.”—, antiguo amigo de Shakur que se había convertido en su mayor rival y que murió en un tiroteo desde un vehículo en marcha en Los Ángeles, apenas seis meses después del homicidio de Shakur. Mediante un acuerdo de colaboración, Davis accedió a contarlo todo de nuevo a cambio de una condena más leve por cargos relacionados con drogas.

Sin embargo, Davis afirmó no tener información relevante sobre el asesinato de Wallace. En cambio, aseguró que podía aportar datos inéditos sobre la muerte de Shakur.

“Nada de lo que diga hoy será utilizado en su contra”, declaró el detective de la Policía de Los Ángeles Greg Kading al comienzo de una entrevista cuya grabación fue reproducida durante el proceso judicial.

Tras esa aclaración, Davis contó a los investigadores que había gestionado la obtención del arma utilizada para matar a Shakur —la cual nunca fue hallada— con la intención de hacerlo él mismo, pero no logró disparar desde el otro lado del vehículo. Según relató, el arma terminó en manos de su sobrino, Baby Lane.

“Lane dijo: ‘Dámela’. Y se la pasó”, comentó Davis en la grabación.

Davis incluso reveló a la policía que el homicidio iba más allá de una venganza personal; afirmó que el empresario discográfico de Bad Boy Records, Sean “Puffy” Combs —conocido actualmente como “Diddy”—, acordó pagarle US$ 1 millón por matar a Shakur y a Knight, pero no le pagó tras la muerte de Shakur.

Diddy, quien ha negado reiteradamente cualquier vínculo con el homicidio de Shakur, se encuentra en prisión por cargos no relacionados con este caso.

“Davis ha negado sus propias afirmaciones y sostiene que hizo esas declaraciones para ganar fama y notoriedad, y que no eran ciertas”, señalaron representantes de Combs en un comunicado a CNN.

Aunque Sanft se opuso enérgicamente a que el jurado escuchara la grabación durante la fase previa al juicio —con el argumento de las cláusulas de confidencialidad de las fuerzas del orden—, la jueza Carli Kierny dictaminó que la fiscalía tenía derecho a reproducirla en el tribunal para demostrar que coincidía en gran medida con lo que Davis declaró posteriormente en su libro y en otras entrevistas públicas: que Davis se atribuía la responsabilidad del tiroteo incluso antes de que hubiera dinero de por medio.

Davis permaneció estoico y en silencio ante el jurado durante la primera semana del juicio, lo que contrastaba con las grabaciones que estos veían, en las que él hablaba literalmente durante horas sobre su historial delictivo.

Sin embargo, el viernes, apenas instantes después de que los miembros del jurado salieran de la sala para un receso, Keffe D no pudo contenerse y acusó a la fiscalía y a sus testigos de divulgar públicamente su dirección.

“Entraron a robar en mi casa, la destrozaron, destrozaron el coche de mi mujer, ¿me entiende?”, le dijo a Kierny. “Porque no paran de dar mi dirección. Ahora han dado la dirección de mi hermana. Esto no está bien”.

Mientras Kierny instaba a ambas partes a respetar las normas del tribunal, Davis se enfrentó directamente con el fiscal Michael DiGiacomo.

“Este tipo me atacó aquí y me mandó a prisión. Simplemente está mal”, señaló Davis.

“Para que conste, creo que está indicando que está molesto porque lo estoy procesando por homicidio”, respondió DiGiacomo.

Para quienes sobrevivieron a esa época, el juicio de Davis supone un reencuentro indeseado de amigos y rivales. Algunos testigos reconocen desde el estrado que solo declaran porque el tribunal se lo ordenó.

James McDonald, antiguo miembro de los Mob Piru Bloods, habló sobre la seguridad que ayudó a organizar para el Club 662 la noche de la muerte de Shakur. Era el destino al que se dirigía el rapero, un club nocturno administrado por Marion “Suge” Knight, propietario de Death Row Records y jefe y mentor de Shakur, además de su conductor aquella noche.

James McDonald, antiguo miembro de la banda Mob Piru Bloods, habló sobre el dispositivo de seguridad que ayudó a organizar para el Club 662 la noche de la muerte de Shakur. Aquel local nocturno —gestionado por Marion “Suge” Knight, propietario de Death Row Records y jefe, mentor y, aquella noche, conductor de Shakur— era el destino al que se dirigía el rapero.

Aunque McDonald, que ahora tiene 63 años, ha renunciado desde entonces a la cultura de pandillas que se cobró la vida de su hermano Alton “Buntry” McDonald y de innumerables amigos, se negó a revelar los nombres de otras personas que se encontraban en el club aquella noche y alegó que sigue sujeto a un código.

“No quiero enviarlo a prisión”, dijo McDonald con frustración mientras miraba a Davis, “aunque no nos llevemos bien”.

Incluso Daryn Dupree, un exdetective del Departamento de Policía de Los Ángeles que estuvo presente en la reunión secreta en Los Ángeles donde Davis confesó por primera vez su vínculo con el homicidio de Shakur, expresó cierta ambivalencia sobre hablar.

“Soy del barrio”, declaró Dupree en el estrado. “Respeto el código, ¿de acuerdo? Me rijo por las leyes de la calle. Esta es la única vez que me verán hablando de lo que hizo alguien, sentado en esta silla”.

No obstante, el juicio también reveló cómo ese código se quebrantó en secreto una y otra vez; numerosos testigos del barrio de Davis en Compton, California, admitieron que también se habían convertido en informantes confidenciales cuando la policía los presionó. Era un juego constante de lealtad pública y traición privada.

“Todos esos hijos de p**a me traicionaron”, se quejó Davis ante la policía en la grabación de 2008, sin ningún atisbo de ironía.

Mientras los agentes, durante su interrogatorio de colaboración, le enumeraban a varios compañeros de los Crips que delataron al huir de la policía o ya en prisión, Davis resumió la realidad de la vida pandillera.

“El juego no está bien”, dijo. “Yo les aconsejaría a todos que lo dejaran, amigo”.

McDonald, quien al igual que Davis ya es abuelo, vive con sus propios remordimientos.

“La destrucción de mí mismo, de mi comunidad, de mi vecindario; tengo que repararla”, dijo esta semana a los periodistas después de su reticente declaración.

La pequeña sala del tribunal donde se rememora a diario la sangrienta rivalidad del rap entre la Costa Este y la Costa Oeste solo tiene unos 40 asientos para el público: estrechas sillas plegables, aproximadamente la mitad de ellas ocupadas por familiares de Shakur, sus amigos y miembros de los medios de comunicación. El resto se destina al público general, una combinación de curiosos y seguidores.

Para llegar al tribunal, Dean Malone tuvo que hacer un viaje de 16 horas en autobús desde Denver, impulsado por tres décadas de fascinación con el caso. Malone, quien alguna vez aspiró a ser rapero y usaba el nombre de “Lil’ Therapy”, afirmó que Shakur fue su inspiración y decidió presenciar el juicio en persona.

“Llevo 30 años de duelo”, dijo Malone, quien llevaba su camiseta negra de Tupac al revés para cumplir las reglas del tribunal sobre cómo deben vestirse los visitantes.

Algunos amigos le ofrecieron alojamiento para el mes que se prevé dure el juicio.

Es una historia diferente para la pareja sentada a pocos asientos de Malone. Harry y Donna Brown son jubilados de Muskegon, Michigan, que visitan Las Vegas por el cumpleaños de Donna. Con un interés en los casos judiciales y disponiendo de tiempo libre, decidieron pasar un día en el mediático juicio del que habían oído hablar después de que se cancelara el concierto de Rod Stewart al que pensaban asistir.

“Entonces pensamos: ¿qué vamos a hacer ahora?”, dijo Donna Brown. “Esto debería ser interesante”.

Mientras que algunas personas se sentaron en la sala del tribunal solo un día para satisfacer su curiosidad sobre la cultura popular, el hermanastro de Tupac Shakur, Mopreme Shakur, y su hermana Sekyiwa “Set” Shakur acudían diario, rodeados de familiares, amigos y un representante de la fiscalía del condado de Clark, que los guiaba cuidadosamente por una puerta trasera de la sala, lejos de los reporteros, durante cada receso.

La familia permaneció sentada con semblante sombrío y rara vez reaccionó físicamente ante los extensos testimonios sobre la violencia de las pandillas y el fatídico viaje de Tupac Shakur a Las Vegas. Pero al final del primer día, Set Shakur reconoció la tensión.

“Fue demasiado”, dijo a CNN. “Mucha información que asimilar”.

Ella y Mopreme se ausentaron del juicio solo una vez, cuando la fiscalía les advirtió que el martes se mostrarían las fotos de la autopsia de Tupac Shakur. Al salir durante un receso, se ahorraron ver el cuerpo sin vida de su hermano salir de una bolsa sellada. Los tubos del equipo hospitalario seguían conectados a su rostro, las heridas de bala en su costado derecho aún estaban abiertas y los tatuajes, entre ellos una pistola y un casquillo de bala, seguían grabados en su piel como un recuerdo permanente de los instrumentos que causaron su muerte.

El jurado presenta una mezcla ecléctica. El miembro sentado más cerca de la familia Shakur acude al tribunal cada día con traje oscuro y corbata. Detrás de él se sienta uno de los miembros más jóvenes, que asiste al juicio con piercings en el labio y una variedad rotativa de camisetas de grupos de rock.

Sin embargo, la mayoría viste de manera informal de negocios, acorde con la creciente desenvoltura de su comportamiento en el estrado durante las largas sesiones. Para el tercer día, los miembros del jurado, que apenas se reconocían entre sí en la sala, mantenían conversaciones tranquilas y distendidas durante las pausas en los testimonios.

Sin importar su edad, todos los miembros del jurado estuvieron atentos durante la primera semana y tomaron notas con frecuencia en los cuadernos proporcionados por el tribunal. En ocasiones, escribían una pregunta y arrancaban la hoja por el espiral para que se la entregaran a la jueza Kierny, como parte del singular sistema de Nevada que permite a los jurados interrogar por su cuenta a los testigos.

No hay ningún monumento a Shakur en la esquina de Flamingo Road y Koval Lane, donde le dispararon. Al menos, no uno oficial.

Homenajes descoloridos, pintados en la acera, y un poste de servicios públicos cubierto de mensajes escritos a mano rinden tributo al rapero, a pocos pasos del lugar donde, según los fiscales, un Cadillac blanco con Davis en el asiento delantero del acompañante se detuvo y se desató una ráfaga de disparos contra el BMW contiguo en el que estaba sentado Shakur. Cuatro disparos alcanzaron a Shakur, mientras que otro rozó la cabeza de Knight.

Mucho ha cambiado en la intersección desde entonces. Unos postes amarillos en la mediana impiden realizar la drástica maniobra de cambio de sentido que Knight efectuó tras el tiroteo, cuando condujo a toda velocidad de regreso hacia The Strip mientras la sangre le resbalaba por el rostro.

Un hotel de 17 pisos se alza ahora detrás de la gasolinera que antes servía como punto de referencia de la intersección. A 800 metros al norte, la imagen proyectada de Orbi, la mascota amarilla con cara sonriente de la Sphere, el más reciente de los singulares monumentos de entretenimiento de la Ciudad del Pecado, permanece vigilante.

La noche de la muerte de Shakur, Davis logró que todos sus amigos entraran a la pelea de Tyson; pagó lo que fuera necesario a un revendedor, tras conducir cientos de kilómetros para asistir a una fiesta en Las Vegas con comida y vino costosos. Ahora, la mayoría de esos amigos han muerto. Incapaz de reunir los US$ 750.000 de su fianza, sus salidas se limitan a las fechas del juicio. Cuando las enormes puertas de acero de la esclusa del Centro de Detención del Condado de Clark se abren, Davis es trasladado desde su celda hasta el tribunal, a una cuadra de distancia.

El dinero del narcotráfico que financiaba el estilo de vida de Davis se agotó hace mucho tiempo, y su defensa depende de un abogado dispuesto a asumir su caso gratuitamente.

Ese dramático ascenso y caída, y el asesinato que sacudió a la industria, son ahora relatados por otro grupo que no existía en 1996: los podcasters. Aunque reconoce que su cliente no debería haber hablado tanto, el abogado defensor de Davis también ha comentado extensamente sobre el caso en podcasts recientemente.

“El tema del dinero nunca ha sido un problema para mí en relación con la familia Davis, ni este dinero proviene de ninguna otra fuente. Porque no la hay”, declaró el mes pasado Sanft a la podcaster Lena Nozizwe.

Fuera de la sala donde se celebra el juicio, las cámaras de televisión tradicionales conviven con las cámaras de teléfonos móviles manejadas por periodistas y comentaristas de nuevos medios, quienes alimentan a una audiencia ávida no solo de historias de crímenes reales, sino también de una mirada al pasado.

Una de las personas presentes a diario en la sala del tribunal es la periodista canadiense Kathy Kenzora, creadora del podcast “History of the 90s”. Su programa quincenal de nostalgia se ha transformado en un resumen diario en línea del juicio de Keffe D. Según ella, es lo que su audiencia desea.

“¿Qué otra oportunidad tendremos de ver un juicio sobre un caso tan importante de aquella década?”, pregunta retóricamente. Solo hacen falta un par de segundos de reflexión para obtener la respuesta.

“A menos que atrapen al asesino de Biggie”.

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