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Estas dos ciudades de Colombia sufrieron un fuerte impacto del sismo. Pero esa no es la única tragedia que enfrentan

Buenaventura, en Valle del Cauca, y Quibdó, la capital del Chocó, son territorios del Pacífico colombiano donde viven poblaciones afro e indígenas que históricamente han sufrido la exclusión y el conflicto armado. El devastador terremoto de 7,4 que sacudió a Colombia este lunes ha empeorado el panorama para muchas de estas comunidades.

En Buenaventura, una ciudad de más de 430.000 habitantes y donde se encuentra uno de los puertos más importantes del país, son los ciudadanos los que han liderado la búsqueda de los sobrevivientes entre los escombros y la atención de las víctimas. Sin electricidad ni agua, algunos denuncian que la respuesta gubernamental no ha tenido el mismo impacto y coordinación que en otras ciudades.

Al menos 16 personas fallecieron y 258 resultaron heridas, y la red hospitalaria de la ciudad, conformada por dos hospitales públicos y una clínica privada, superó su capacidad operativa tras el terremoto, según el tercer informe entregado por la Alcaldía distrital de Buenaventura.

“No existe un hospital público de tercer nivel para atender a las personas. Fue una crisis ver a tantos heridos que llegaban al hospital y no había lugares. Se acondicionaron carpas afuera”, dice el líder social Adriel Ruiz en una nota de voz enviada a CNN después de varias horas sin señal.

Médicos y enfermeras han tenido que improvisar puestos de salud en la calle con carpas para atender a los pacientes, en medio de una tragedia que se agudiza por las fuertes lluvias que azotan a esta región.

La crisis empeoró debido al aislamiento que vivió la ciudad durante las primeras 48 horas posteriores al sismo, por el cierre de la única carretera que conecta a Buenaventura con el centro del país como consecuencia de múltiples deslizamientos.

“Estamos incomunicados. No ha venido ningún funcionario del orden nacional. Buenaventura no aparece en el radar de las ayudas”, dice Ruíz, quien también es miembro de la Corporación Memoria y Paz, una organización de trabajo comunitario que junto a otras iniciativas de la sociedad civil recaudan donaciones como alimentos, ropa y materiales de construcción y coordinan la entrega de ayuda en el territorio.

Aunque hay presencia de instituciones locales, las comunidades han cuestionado la ausencia del Gobierno Nacional. CNN consultó al Gobierno por estos reclamos y está a la espera de una respuesta.

El sonido de una sirena fue lo que motivó al padre José Darvinson Quejada Córdoba a salir de la casa parroquial cuando la tierra empezó a temblar. Afuera, la escena era apocalíptica: postes de electricidad que caían alrededor de los vecinos y casas que colapsaban sobre las familias que no alcanzaron a salir.

Quibdó se encuentra apenas a unos 100 km del epicentro del sismo, en San José del Palmar, por lo que sufrió fuerte el impacto.

El sismo dejó en ruinas tanto las infraestructuras de cemento como los palafitos, casas construidas sobre pilotes de madera que les han permitido a estas comunidades desarrollar la vida al lado del Río Atrato y sus afluentes mitigando el impacto de las inundaciones y precipitaciones.

“Es desolador. En las calles hay familias enteras, algunas recogiendo escombros e intentando salvar algunas de sus pertenencias (…) En diferentes puntos de la ciudad hay cambuches improvisados que la gente utiliza para resguardarse y porque les permite estar cerca para excavar incansablemente”, dice Quejada Córdoba, sacerdote de la Diócesis de Quibdó.

Aunque en territorio hay presencia estatal, las comunidades sostienen que la respuesta a la emergencia no fue inmediata ni coordinada entre las diferentes entidades. CNN consultó al Gobierno Nacional por estas denuncias y está a la espera de una respuesta.

El líder religioso ha articulado a organizaciones comunitarias para atender a los damnificados: identifican a las víctimas, priorizan las necesidades, buscan refugios temporales y recaudan donaciones. “Identificamos quiénes pueden ayudar a otros con lo poco que tienen: prestando ropa, alimentos, medicamentos, agua”, dice. Además, con el apoyo de voluntarios, organizan ollas comunitarias en los barrios más afectados por el sismo.

El sacerdote reconoce que la magnitud de esta tragedia no tiene precedentes: “No hay la alegría que ha caracterizado a nuestra gente, que es muy resiliente en medio de todo. Hoy no hay rostros contentos, hay rostros apagados, sufriendo”.

Según cifras oficiales de la Gobernación de Chocó, en el departamento se registran 13 muertos, 182 heridos, 8.056 familias damnificadas, 1.144 viviendas destruidas y 8.688 averiadas.

Sin embargo, la Defensoría del Pueblo asegura que las cifras de personas afectadas son preliminares y que “tres días después del terremoto, aún hay territorios y comunidades indígenas con las que no se ha podido establecer comunicación”.

Además, la entidad instó a las autoridades a acelerar los censos para establecer el alcance de la emergencia, especialmente en las comunidades de las que aún no se tienen reportes oficiales, y poder priorizar la atención.

Antes del sismo estas poblaciones ya atravesaban una situación crítica.

En Buenaventura, a pesar de tener el principal puerto marítimo de Colombia, por donde se moviliza la mitad del comercio internacional país, su población sufre altas tasas de desempleo. En 2024, alcanzó el 26,9 %, superando el promedio nacional (10,2 %) y departamental (12,1 %), según cifras oficiales.

Chocó es el departamento más pobre de Colombia, según las cifras publicadas este miércoles por el DANE. En 2025, el 65 % de su población no tenía ingresos para adquirir una canasta básica de alimentos, servicios y otros bienes mínimos para vivir. Quibdó, su capital, registró un aumento respecto al año anterior.

La crisis humanitaria que enfrentan los habitantes del Pacífico colombiano no es consecuencia exclusivamente de un desastre natural sino del “racismo estructural del Estado colombiano”, señala la politóloga e historiadora Erika Parrado, es decir, un Estado que “no reconoce los derechos de las poblaciones negras e indígenas y que niega sus demandas”.

Este racismo se manifiesta en “una mirada andinocéntrica que establece una relación de desigualdad y exclusión frente al Pacífico”, según Parrado, quien ha acompañado procesos comunitarios en Buenaventura durante una década. “Los Gobiernos de Colombia han pensado a esta región bajo una lógica extractivista (…) como un territorio con recursos naturales para explotar: oro, plata, madera”.

Además, analiza cómo la inversión estatal se ha realizado bajo una lógica de desarrollo económico que favorece al país, pero no genera progreso en la región: “Buenaventura es una ciudad que históricamente se ha construido en función del puerto. Por ejemplo, el acueducto se construyó para el ferrocarril a comienzos del siglo XX. Entonces, es una ciudad que no tiene acueducto porque se pensó para abastecer de agua a los trenes y a los barcos. Hoy, los únicos lugares que tienen agua 24 horas son ciertos sectores de la isla, sobre todo la zona hotelera y el puerto”.

La presencia de actores armados en los departamentos de Chocó y Valle del Cauca, considerados corredores estratégicos para las economías ilegales como el narcotráfico y la minería debido a su ubicación geográfica, plantea un desafío adicional para la atención de la emergencia.

El Comite Internacional de Cruz Roja (CICR) ha advertido su preocupación por las consecuencias humanitarias del terremoto “en áreas afectadas por los conflictos armados, donde la población es especialmente vulnerable y el acceso del equipo de apoyo es complicado”.

Y este año, la Defensoría del Pueblo ha alertado sobre los riesgos de que enfrentan las comunidades del Chocó debido a las confrontaciones entre el ELN y las disidencias Estado Mayor Central, la expansión del Ejército Gaitanista de Colombia (EGC) en zonas urbanas y rurales, y la incursión incursión intermitente de los grupos de crimen organizado.

Colombia ahora concentra sus esfuerzos en responder a la emergencia y brindar atención inmediata a los damnificados. Sin embargo, a largo plazo deberá hacer frente a otro reto: la recuperación no dependerá únicamente de la reconstrucción física de los territorios, sino también del acompañamiento estatal a las comunidades.

The-CNN-Wire
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Los dolores de cabeza de Trump con Irán van en aumento

La guerra con Irán no le ha ido bien al presidente Donald Trump desde poco después de que comenzó.A pesar de los amplios ataques militares de Estados Unidos y de la presión económica, Irán no ha considerado necesario ceder ante las exigencias de Trump. Incluso cuando se acordaron altos el fuego con condiciones favorables para Irán, Teherán no los respetó.Pero los problemas de Trump con la guerra van en aumento. Y muchos trascienden el campo de batalla y la mesa de negociaciones.Estos son algunos de los acontecimientos recientes:El cambio secreto de avión que Trump habría realizado en Turquía debido a una posible amenaza iraní plantea serios interrogantes sobre el posible uso de integrantes del Gobierno y de los medios de comunicación como señuelos. La revelación también debilita las afirmaciones del Gobierno sobre el deterioro de las capacidades de Irán y ha provocado burlas contra Trump, incluso en medios estatales iraníes.La escasez de municiones de Estados Unidos —un problema sobre el que Trump fue advertido antes del comienzo de la guerra— parece estar llegando a un punto crítico.Hay cada vez más indicios de que funcionarios y aliados del Gobierno de Trump están cansados de la guerra y buscan o reclaman una vía de salida.También aumentan los informes sobre el deterioro de las condiciones de vida y de la salud mental a bordo del USS Abraham Lincoln, en medio de un despliegue extraordinariamente prolongado en apoyo de la guerra. CNN informó este jueves que un marinero cayó por la borda mientras llevaba puesto un chaleco salvavidas. Un funcionario estadounidense dijo que la Marina consideraba lo ocurrido un incidente relacionado con la salud mental.Entretanto, Irán parece actuar con una audacia cada vez mayor y elevar sus exigencias, quizá porque considera que está aumentando su capacidad de presión.Todo esto amenaza la capacidad de Trump para continuar la guerra y eleva los costos de un conflicto que ya está en su sexto mes y cuyo propósito nunca ha convencido a los estadounidenses. El presidente insiste en que no siente la presión del tiempo, pero algunos integrantes de su partido discrepan ante la proximidad de las elecciones intermedias.El cambio de avión, en particular, amenaza con añadir un posible escándalo a una guerra que ya es impopular. También debilita las afirmaciones del Gobierno de que ha diezmado la capacidad militar de Irán.Esta semana se supo que el Gobierno de Trump consideró que una amenaza de Irán era lo suficientemente grave como para sacar discretamente al presidente del Air Force One antes de su salida de Turquía el mes pasado. CNN informó el miércoles que la amenaza involucraba un misil portátil lanzado desde el hombro.El suministro de municiones ha sido durante mucho tiempo un problema latente. CNN informó que el presidente del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, y otros mandos militares advirtieron a Trump antes del comienzo de la guerra que las reservas podrían convertirse en un problema si el conflicto se prolongaba.Trump parecía prever una guerra mucho más corta, de entre cuatro y seis semanas. Pero no fue así. Cada vez más informes, incluidos los de CNN, indican que las advertencias de Caine tenían fundamento y que las reservas de municiones clave se han reducido considerablemente. Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han agotado cerca del 80 % de los interceptores de THAAD, un importante sistema de defensa antimisiles.El Gobierno de Trump sostiene que dispone de municiones suficientes para alcanzar sus objetivos en Irán. Pero eso no responde a la posibilidad de que la guerra deje a Estados Unidos con una escasez de armamento crítico —cuya reposición requiere tiempo—, exponga al país o aliente a un adversario como China a intentar invadir Taiwán.Los funcionarios del Gobierno tendrán que evaluar cada vez más esos costos y beneficios. Pero esta situación ya amenaza la capacidad de Trump para presionar a Irán.Una pregunta fundamental es si los mandos militares o los funcionarios del Gobierno podrían persuadir a Trump en caso de considerar crítica la escasez de municiones. Sin embargo, hay indicios crecientes de que figuras importantes están cansadas de la guerra y creen que ha llegado el momento de cambiar de rumbo.CNN informó la semana pasada que Caine ha comunicado en privado a otros altos asesores de Trump que el Gobierno necesita encontrar una vía de salida, porque las opciones militares disponibles para intensificar el conflicto podrían ser contraproducentes y porque es improbable que los ataques aéreos, por sí solos, permitan alcanzar los objetivos del presidente.También hay señales de que aliados leales a Trump están cada vez más preocupados por el costo que la guerra podría tener para los republicanos en las elecciones intermedias de 2026. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, dijo recientemente que “tenemos que terminar esto”, y la presentadora de Fox News Laura Ingraham afirmó que “el tiempo se acaba”. The Guardian informó recientemente que el escepticismo sobre la guerra con Irán está apareciendo incluso en la programación de Fox News, habitualmente favorable a Trump. Hasta defensores de Trump y de la guerra, como el influyente conservador Benny Johnson, han indicado que es hora de pasar a otros asuntos.“Las guerras en el extranjero sin un final a la vista siempre son impopulares. Siempre serán un cáncer político”, publicó Johnson en X hace dos semanas. Añadió: “Pongan fin a la guerra. Dénla por terminada. Vuelvan a centrarse en Estados Unidos: la gasolina, los alimentos, los precios de la vivienda y la inmigración. Así ganamos”.La duración de la guerra también parece contribuir a otro problema para el Gobierno: el cansancio, las malas condiciones de vida y el deterioro de la salud mental de los militares encargados de apoyar las operaciones.Stars and Stripes y Navy Times han informado de varios incidentes en los que tripulantes del USS Abraham Lincoln intentaron saltar por la borda. CNN informó que un marinero cayó recientemente al mar y fue rescatado.Alrededor de 200 familiares de tripulantes del Lincoln expresaron su preocupación por la situación —incluidas la falta de suministros, la escasez de alimentos y la contaminación del agua— durante reuniones públicas celebradas la semana pasada en San Diego. El Lincoln está desplegado desde noviembre y lleva más de 200 días sin hacer escala en un puerto. El senador demócrata Richard Blumenthal, de Connecticut, dijo que se trata de un récord moderno de días consecutivos en el mar.La Marina de Estados Unidos afirmó que se toma “muy en serio el bienestar de cada integrante de las Fuerzas Armadas” y que cuenta con capellanes y profesionales médicos y de salud mental para evaluar y atender las inquietudes que surjan.La situación ilustra los problemas que enfrenta Trump.El presidente parece considerar que continuar la guerra y mantener la presión económica sobre Irán prácticamente no tiene costos. Estados Unidos no tiene fuerzas terrestres desplegadas en el conflicto y no hay noticias constantes sobre militares muertos. El aumento del precio de la gasolina ha sido el principal problema político derivado de la guerra.Pero, a medida que el conflicto se extiende durante meses más allá del plazo en que el Gobierno había indicado que terminaría, surgen otros problemas. Algunos dificultan la continuación de la guerra desde el punto de vista operativo; otros indican que el estancamiento seguirá generando costos políticos que el Gobierno y sus aliados tendrán que afrontar.La guerra ya parecía una carga política y un conflicto sin salida. Con las elecciones intermedias a menos de tres meses, estos acontecimientos son particularmente desfavorables.The-CNN-Wire™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.
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