Skip to main content

Discurso de Trump probablemente generará nuevas dudas sobre las elecciones de mitad de mandato

El presidente Donald Trump ha desaprovechado múltiples oportunidades para explicar a los estadounidenses cómo su última escalada ganará la guerra en Irán o cómo aliviará los precios perpetuamente altos de los alimentos, la vivienda y el combustible.

Ahora planea centrar su discurso nacional del jueves por la noche en una obsesión personal con el pasado: su falsa afirmación de que ganó las elecciones de 2020.

Los críticos temen que todo esto forme parte de un esfuerzo acelerado por minar la confianza en los sistemas electorales y crear un pretexto para usar el poder federal e influir en las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

No sería la primera vez que este presidente —de quien se espera que fortalezca la democracia estadounidense— la socava.

“No hay nada más importante, porque sin elecciones libres y justas, no hay país”, declaró el presidente el miércoles al presentar un adelanto de su discurso. “También hablaremos de otros temas, pero será un anuncio muy importante”.

La creciente retórica de advertencias de Trump está aumentando la inquietud de que no se limite a reciclar afirmaciones sobre las elecciones de 2020 que fueron desmentidas por varios tribunales, republicanos estatales e incluso por su propia administración durante su primer mandato.

Trump, como ya lo ha hecho en el pasado, parece estar construyendo una narrativa alternativa en caso de que el Partido Republicano obtenga malos resultados en noviembre y para presentar cualquier elección que no gane como, por definición, injusta.

Fuera de la Casa Blanca, nadie sabe qué dirá el presidente el jueves.

Pero aún no hay indicios creíbles de que posea nuevas pruebas contundentes de fraude electoral que contradigan la abrumadora evidencia de que las elecciones de 2020 fueron justas, ni los innumerables estudios académicos que demuestran que las irregularidades importantes son muy raras en las elecciones estadounidenses.

Pero el discurso de Trump podría confirmar un patrón ya conocido.

En 2016, 2020 y 2024, a medida que se acercaban las elecciones, el presidente intensificó sus esfuerzos por sembrar dudas sobre la imparcialidad de los comicios.

En 2020, esto se transformó en una injerencia electoral activa tras negarse a reconocer la victoria de Joe Biden e intentar anular el resultado sin pruebas.

Su campaña culminó en un disturbio protagonizado por sus seguidores con el objetivo de impedir la certificación de la victoria del presidente electo, durante el cual agentes de policía fueron agredidos y el Capitolio de Estados Unidos fue profanado.

En uno de los primeros actos de su segundo mandato, Trump indultó o conmutó las penas de cientos de personas condenadas en relación con los sucesos del 6 de enero de 2021, enviando el mensaje de que la violencia electoral o los intentos de subvertir la democracia en su nombre eran aceptables y estaban por encima de la ley.

Las alarmas vuelven a sonar, en parte debido al papel del director interino de inteligencia nacional de Trump, Bill Pulte, a quien el presidente insinuó que había enviado a la principal agencia de espionaje para encontrar pruebas de “elecciones fraudulentas”.

Mientras tanto, el FBI ha estado investigando las elecciones de 2020 en Georgia, estado que Trump perdió, tras incautar cajas de material electoral.

Dichas elecciones fueron declaradas libres y justas en repetidas ocasiones por funcionarios estatales republicanos tras auditorías forenses.

A nivel nacional, la administración ha estado exigiendo los registros electorales, lo que genera temores de que pretenda infringir el mandato constitucional que establece que los estados, y no el Gobierno federal, supervisan las elecciones.

Trump también está subordinando todas sus prioridades nacionales a su presión sobre los republicanos para que aprueben la “Ley para Salvar a Estados Unidos”, la cual, si bien contiene reformas sobre la exigencia de identificación para votar —que muchos ciudadanos apoyan—, también amenaza con dificultar el voto, restringir el registro y limitar el derecho al voto de las minorías.

Además, podría otorgarle a Trump mayor poder para interferir en las elecciones nacionales.

En el pasado, las agencias de inteligencia estadounidenses han concluido que estados y actores extranjeros han intentado influir en las elecciones de EE.UU., pero los grupos prodemocráticos temen que el equipo de Trump utilice estas pruebas fuera de contexto para sugerir que hubo una injerencia activa y exitosa para perjudicarlo.

Ben Berwick, líder del Equipo de Derecho Electoral y Litigios de Protect Democracy, un grupo no partidista, prevé que el presidente repita el miércoles por la noche sus afirmaciones, ya desmentidas en varias ocasiones, sobre las elecciones de 2020. “Creo que no cabe duda de que gran parte de lo que está ocurriendo es, en realidad, un intento de sembrar dudas sobre las elecciones de 2026”, declaró.

Funcionarios del Gobierno insisten en que su único objetivo es garantizar la seguridad de las elecciones. “Nuestro trabajo consiste en asegurar elecciones justas y honestas”, declaró Todd Blanche, designado por Trump para secretario de Justicia, durante su audiencia de confirmación el miércoles.

Blanche afirmó que el objetivo es garantizar “que solo voten las personas con derecho a voto y que cada una vote solo una vez”.

Sin embargo, una de las razones por las que algunos votantes podrían tener dudas sobre la integridad de la democracia estadounidense es que Trump y sus seguidores han dedicado mucho tiempo a desacreditarla.

Los funcionarios de Trump conocen el precio para entrar en su círculo íntimo: aceptar la falsa creencia de que ganó en 2020.

El último colaborador en eludir una declaración inequívoca sobre la legítima elección de Biden fue Jay Clayton, durante su audiencia de confirmación el miércoles para el cargo de director de inteligencia nacional. “Creo que obtuvo la mayor cantidad de votos electorales”, declaró Clayton sobre Biden.

Cuando los funcionarios adoptan tales formulaciones, ignoran los hechos y las pruebas, lo que plantea interrogantes sobre cómo actuarían si el presidente intentara nuevamente anular el resultado de una elección democrática.

Los propios organismos de seguridad electoral del Gobierno estadounidense, bajo el Consejo Coordinador Gubernamental de Infraestructura Electoral, concluyeron durante la primera administración de Trump que las elecciones de 2020 fueron “las más seguras de la historia estadounidense” y que “no hay pruebas de que ningún sistema de votación haya borrado o perdido votos, haya cambiado votos o haya sido comprometido de alguna manera”.

La negativa de Trump a pasar página enfurece a muchos republicanos, aunque la mayoría se resiste a pronunciarse públicamente contra un presidente que aún cuenta con el apoyo de la base popular de MAGA.

Sin embargo, el senador republicano John Cornyn goza de cierta libertad tras perder las primarias en Texas ante un rival respaldado por Trump.

“Francamente, me preocupan más las próximas elecciones de mitad de mandato que lo ocurrido en 2020, y obviamente la integridad electoral es fundamental. Pero personalmente no le veo sentido a reabrir un debate sobre unas elecciones que tuvieron lugar hace seis años”, declaró Cornyn.

Pero a Trump le resulta imposible transmitir un mensaje electoral coherente.

Rara vez organiza una campaña eficaz en torno a una ley de política interna que otorgó mayores reembolsos de impuestos a muchos estadounidenses y redujo temporalmente los impuestos sobre las propinas y las horas extras.

Tampoco dedica mucho tiempo a promocionar sus esfuerzos para abaratar los medicamentos recetados a través de su sitio web TrumpRX.

Cuando la Casa Blanca programa un viaje para hablar sobre la asequibilidad —el tema clave de las elecciones de 2026—, Trump suele desviarse deliberadamente del guion. Prefiere hablar de la construcción de su legado arquitectónico en el complejo de la Casa Blanca y en los alrededores de Washington.

También crece la preocupación de que pueda buscar una vía ilegítima para impulsar a los republicanos en las elecciones de mitad de mandato, debido a que una serie de crisis políticas crecientes amenazan con mermar las perspectivas republicanas.

Lo que está en juego es enorme: si los demócratas recuperan una de las cámaras del Congreso, tendrán el poder de someter el segundo mandato del presidente y sus asuntos financieros personales a una supervisión sin precedentes.

La impopular guerra contra Irán ha vuelto a estallar, desmintiendo las afirmaciones de Trump de que la ganó a los pocos días de su inicio en febrero y reavivando el riesgo de un aumento vertiginoso del precio de la gasolina que enfurece a los votantes.

Varias muertes recientes vinculadas a redadas inmigratorias realizadas por agentes federales recuerdan al país el profundo rechazo que genera una de las políticas clave de Trump.

Y mientras el presidente se burla de la idea de que millones de estadounidenses tengan dificultades para cubrir sus necesidades básicas, ha incrementado su fortuna personal en US$ 2.000 millones desde que regresó al cargo.

Las últimas encuestas reflejan el empeoramiento de la posición política de Trump.

Una encuesta de Reuters/Ipsos, realizada el domingo, reveló que el 79 % de los encuestados cree que la participación militar estadounidense en la guerra se prolongará durante un período considerable, frente al 65 % de finales de marzo.

Una encuesta de PBS/NPR/Marist, realizada en junio, mostró que solo el 33 % de los estadounidenses aprueba la gestión económica de Trump.

Si la inmigración vuelve a acaparar los titulares, esto también podría ser una mala noticia para Trump.

Una encuesta de la Facultad de Derecho de Marquette, realizada en mayo, mostró que los votantes tenían una opinión desfavorable del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) por un margen de 61 % a 36 %.

Trump no ha ocultado su admiración por los líderes autoritarios.

Sus oponentes temen que imite las tácticas de los dictadores que socavan las sociedades democráticas cuando su popularidad disminuye.

El senador Jon Ossoff, demócrata de Georgia cuyas elecciones de 2020 han sido fuente de rumores en medios conservadores en relación con el discurso de Trump, señaló esta posible motivación política para el discurso de Trump esta semana.

“En privado, la mayoría de los republicanos electos en este edificio piensan que el presidente ha perdido el rumbo y los está condenando a derrotas desastrosas este otoño”, declaró Ossoff a los periodistas el martes.

Ossoff también tuvo un acalorado intercambio con Clayton sobre la nueva investigación electoral del Gobierno durante la audiencia del miércoles.

Su interés en abordar este tema implica que lo considera una batalla perdida para su oponente, respaldado por Trump.

“Mike Collins inició su campaña para las elecciones generales reafirmando su negación de los resultados de las elecciones de 2020. Ahora no solo tiene que defender la duplicación de las primas del seguro médico para más de un millón de georgianos, sino que también tiene que defender estas teorías conspirativas sobre las elecciones de 2020 que los votantes de Georgia han rechazado una y otra vez”, declaró Ossoff.

Por un lado, el discurso de Trump podría llegar a considerarse sintomático de su tendencia a perseguir sus propios intereses particulares en un segundo mandato que parece bastante alejado de las preocupaciones de millones de votantes.

Por otro lado, es probable que genere nuevas preguntas sobre cómo respondería Trump a otra derrota electoral republicana después de pasar años argumentando que su última derrota fue ilegítima.

The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.

Why is one corner of China’s internet insisting a golden era never existed?

Hong Kong (CNN) — Something weird has been happening on China’s internet. One small and vocal corner has been claiming the country’s most famous historical dynasty never existed.That’s the Tang, which ruled China from 618 AD to 907 AD, a period that saw huge territorial expansion, booming international trade and the flourishing of a high culture envied far beyond its borders. Every child learns about the Tang at school; historical dramas inspired by its palace intrigues are a staple of state TV.Claiming that the 300-year dynasty was actually a myth is akin to saying the American Civil War never happened, or telling a Brit that the Magna Carta is a fiction. But in recent months it’s been spreading among China’s very online population, posing a headache for a ruling Communist Party obsessed with controlling how its citizens talk about their 5,000 years of fractious and contested history.It all appears to have started when a history influencer named Qiao Yu deployed some baffling astrological data in a video in May, to “prove” the Tang had never existed.The outlandish claim has since spread far and wide. Reports later emerged that people were calling up the tourism bureau in Xi’an, the site of the ancient Tang capital, to demand it close down because the dynasty itself had been shown to be a hoax.The hashtag “the Tang dynasty doesn’t exist” now has tens of millions of views on China’s X-like Weibo.What motivated the hoax and its spread is hard to pin down. The Tang dynasty has been criticized in the past by Chinese nationalists as its founding emperor was not from the Han ethnic group that makes up most of China’s people. The basis of Qiao Yu’s claim is that the succeeding Song dynasty actually began far earlier than traditionally accepted, therefore canceling out the Tang. The Song dynasty was of ethnic Han origin.“This is basically insane,” said William Kirby, a professor of China studies at Harvard University, adding that there are facts in history and “the Tang dynasty is definitely one of them.”“It was much more than a Chinese dynasty. It was an inner Asian dynasty as well,” he said.As the fallacy spread on social media, China’s powerful and tightly controlled state media waded into the controversy.Many parents say that, thanks to the hoax, their children now feel confused about historical facts, the Nanjing Daily reported last month.Three days later, The Paper, a media outlet affiliated with the Shanghai government, was more strident. “Only when rational inquiry becomes the foundation of public life will historical nihilism truly lose the conditions that allow it to flourish,” it said in a commentary.“Historical nihilism” is a term coined by the ruling communist party that refers to discussion or research that challenges its version of China’s long history. The party itself is a relative newcomer to that story, coming to power in 1949 following a decades-long civil war that tore the country apart.By mid-August the Tang controversy had attracted the attention of the party’s mouthpiece. In an editorial, the People’s Daily called the claim “absurd,” and issued a warning: “Once young people begin to doubt our national history, our cultural confidence will become like water without a source or a tree without roots, and Chinese-style modernization will lose its profound historical perspective.”In recent years, Chinese leader Xi Jinping has tightened the party’s grip on history and sought harsher penalties for those who dare to challenge the official account.Xi himself has publicly evoked the past glory of the Tang. In 2023 he hosted leaders from several Central Asian countries in Xian, the ancient Tang capital and terminus of the Silk Road along which goods and ideas used to flow between China and Europe.The ceremony featured dancers and performers in Tang-style dress, observers noting the nod to a Tang past when foreign envoys came to pay tribute at the emperor’s court.Using the past to criticize the presentFor a thousand years, Chinese people have used reflections on history to reimagine the past, as a creative way to criticize or approach the present.For example, in the economic boom years of the early 2010s, amid growing criticism of the fixation on consumerism and bourgeois lifestyles, the hardships the Chinese people had undergone during Japan’s brutal occupation during WWII became a favored topic for intellectuals, according to Rana Mitter, a Harvard Kennedy School historian specializing in modern China.But that discussion also allowed some to point out that the current discourse didn’t give enough credit to the Kuomintang troops who fought the Japanese – but who were also the opponents of Mao Zedong’s communists, Mitter said.Even though the Tang era was more than a thousand years ago, any suggestion – however fanciful – that it never existed could be an irritant for the party, said Mitter.“Certainly under Xi, the CCP now honors the longer trajectory of Chinese history. This means that all history needs to point in a direction that suggests unified (rather than split) identity, historical and cultural continuity, and an idea of ‘China’ as a long-standing entity that has been continuous through history,” he said.Callum, a 24-year-old Beijing resident, told CNN that questioning the Tang’s existence could be a way to rebel against established wisdom and a way for China’s young – faced with a slowing economy and greater competition for jobs and resources – to criticize authorities.“It is a way for people to attack the established authorities. It is almost like saying ‘those so-called experts are nothing special. They have all been misleading people. I am the one who understands the truth, and I have exposed them all.’”As of mid-August, Qiao Yu’s accounts have been blocked and all of their videos taken down. Any search of Chinese social media questioning if the Tang dynasty existed now pulls up content condemning such lines of reasoning.In its editorial on the controversy, the People’s Daily attempted to have the final word.“Chinese civilization has endured for five thousand years,” it said, “and the Golden Age of the Tang Dynasty stands as one of its most dazzling chapters.”CNN’s Shuai Zhang contributed to the reporting.The-CNN-Wire™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.
Read Next Story