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Sacudidos por una serie de apagones, los cubanos llegan al límite de su capacidad de resistencia

Entre el primer y el segundo apagón nacional que sufrió Cuba en julio, estaba en una fila detrás de dos psicólogas que vestían batas médicas blancas y hablaban abiertamente sobre sus pacientes.

“No me preocupan las personas que dicen que están estresadas”, le dijo una a la otra psicóloga en la fila para comprar alimentos que llegan semanalmente en camiones desde el campo. “Son las personas que dicen que están bien. Algo realmente no está bien con ellas”.

La red eléctrica de Cuba volvió a fallar el martes, por tercera vez este mes, dejando a casi 10 millones de cubanos a oscuras y sumidos en una mayor incertidumbre. La ansiedad por el futuro alcanza aquí niveles nunca vistos.

A medida que la economía de la isla gobernada por los comunistas se desmorona y el Gobierno de Trump aumenta las sanciones, cada vez más severas, la revolución cubana parece estar dando sus últimos suspiros.

Pero si algo he aprendido en casi 15 años de vivir en La Habana es cuánto pueden soportar los cubanos y qué tan efectivo es el Gobierno para mantener el control.

La vida, que nunca ha sido fácil para la mayoría de los cubanos, se ha vuelto extremadamente difícil. La electricidad, el agua y el combustible son lujos cada vez más escasos que hoy es una suerte tener, y resulta casi impensable esperar contar con los tres al mismo tiempo.

Después del segundo apagón nacional del viernes, mi barrio en La Habana pasó 36 horas sin electricidad. Finalmente, a las 4:00 a.m. hora local del domingo, me despertaron las luces de la casa de al lado, iluminada como en Nochebuena. Pude ver a mis vecinos, bajo esa iluminación repentina, corriendo en plena madrugada para lavar ropa, cocinar y cargar todo lo que podían durante las pocas y valiosas horas de electricidad.

A la mañana siguiente, nuevamente durante un apagón, conversé con mi vecino Jorge, quien me ayuda a mí y a varias personas de la cuadra a convertir pequeños espacios de césped frente a nuestras casas en huertos, para cumplir con un mandato poco realista del Gobierno que pide a la población cultivar sus propios alimentos.

Estaba emocionado por nuestro breve regreso al siglo XX.

“Tuvimos cuatro horas de electricidad ininterrumpida”, dijo. “¿Cuándo fue la última vez que pasó eso?”

La incertidumbre está jugando con la mente de todos. Nadie sabe cuándo se irá la electricidad ni por cuánto tiempo. A veces vuelve después de un apagón de todo el día, pero en cuestión de minutos se corta otra vez y todo el barrio deja escapar un gemido colectivo y audible. Todas las personas que conozco parecen agotadas.

El Gobierno mantiene aquí un canal de WhatsApp para informar a los residentes exactamente cuánto tiempo llevan sin electricidad. Ya no es extraño ver apagones que superan las 30 horas. Si llega la electricidad aunque sea durante unos minutos, el conteo vuelve a cero. Al darse cuenta de que están siendo engañados, los cubanos responden al Gobierno en el chat con emojis de excremento o con la bandera de Estados Unidos.

Algunos han recurrido a golpear ollas y sartenes por la noche, pero todavía no hay protestas organizadas en un país donde el Gobierno considera la disidencia como una traición apenas disimulada.

Cada vez más cubanos se dan cuenta de que están viviendo un momento decisivo en la historia llena de altibajos de la isla, y que podrían venir más sacudidas.

Cada mañana en la televisión estatal cubana, un presentador que claramente tiene uno de los peores trabajos de la isla debe pronosticar el déficit eléctrico diario, de la misma forma en que los noticieros de otros países informan sobre el clima o el tráfico. Con la llegada de los meses más calurosos del verano y una mayor demanda de energía para enfrentar esas temperaturas sofocantes, el déficit empeora.

“Las soluciones para la crisis energética de Cuba ya no pueden venir desde dentro de Cuba; tienen que venir desde afuera”, dijo a CNN Jorge Piñón, investigador principal de energía de la Universidad de Texas en Austin.

Más allá del bloqueo que el Gobierno de Trump ha impuesto sobre los envíos de petróleo, el sector energético de Cuba está paralizado por la falta de inversión estatal durante décadas en sus anticuadas plantas eléctricas, un problema para el que no existe una solución sencilla, según Piñón.

“Cuba produce suficiente petróleo por sí misma”, dijo Piñón. “Pero en cualquier momento, la mitad de las plantas termoeléctricas están fuera de servicio por mantenimiento”.

No hay señales de que la ayuda esté en camino. La captura del presidente derrocado de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte de Estados Unidos le costó a Cuba un aliado clave con las mayores reservas de petróleo del mundo. Rusia está cada vez más involucrada en su guerra con Ucrania y no puede enviar más ayuda a una isla que ya debe miles de millones de dólares a su antiguo aliado de la Guerra Fría. México, hasta ahora, está atendiendo las amenazas del Gobierno de Trump de no enviar cargamentos de petróleo por temor a sanciones económicas de Estados Unidos.

El Gobierno de Trump dice que la campaña de presión está diseñada para afectar a funcionarios de alto rango, no a los cubanos comunes.

Pero hay pocos indicios de que quienes están en la cima estén siendo obligados a reducir sus gastos.

En una entrevista en julio con USA Today, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y jefe de seguridad del expresidente cubano Raúl Castro, presumió una cadena de oro, marcas de lujo y acceso a una vida de la élite que resulta inimaginable para la mayoría de los cubanos.

Castro, a quien Cuba ha identificado como interlocutor de la isla en las conversaciones en curso con el Gobierno de Trump pese a no ocupar un cargo de alto rango en el Gobierno, lamentó que la mayoría de los cubanos no compartan los privilegios que vienen con su linaje.

Los cubanos que conozco quedaron escandalizados por sus comentarios, considerados descarados en un momento en que su ya precario nivel de vida se desploma.

“Es como si no supieran cómo vivimos, cómo nuestros salarios cada día están más cerca de no valer nada”, me dijo recientemente durante un almuerzo un amigo cubano llamado Homero.

Consciente de lo poco que ganaba Homero en su trabajo estatal, lo invité al restaurante más sencillo que pude imaginar.

Pero mientras mirábamos los menús, Homero soltó un fuerte suspiro y me di cuenta de que no había logrado hacerlo sentir cómodo. Cada plato del menú, me dijo, costaba más de lo que ahora ganaba en un mes.

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What to know about Candida auris, a fungus contaminating healthcare spaces

(CNN) — Cases of Candida auris, a fungus found in healthcare facilities, are rising rapidly this year, the US Centers for Disease Control and Prevention says.As of July 25, 3,437 clinical cases in 27 states have been reported, CDC data shows. The agency recorded 4,290 clinical cases in all of last year.C. auris is primarily a concern for people who are hospitalized. The total number of clinical cases has been increasing since its detection in the US in 2016, the CDC says. The rate has slowed in recent years, but it still remains a “critical public health threat.”What is Candida auris, and how does it spread?Candida auris is a yeast, a specific type of fungus, that spreads through contact with contaminated objects and people, according to Dr. Graham Snyder, medical director of infection prevention and hospital epidemiology at University of Pittsburgh Medical Center.A common characteristic, Snyder said, is its ability to spread and remain in healthcare settings, including nursing facilities and hospitals, as it can resist certain cleaning products. It more seriously affects people who have underlying conditions.“We quickly learned that Candida auris is very good at sticking around in the environment — and that’s not true for all types of pathogens or germs that may be spread through the environment — so we pay extra special attention when we know somebody has Candida auris to making sure that we clean and disinfect the environment,” Snyder said.The first case of C. auris was detected in Japan in 2009; the first case in the United States was detected in 2016, according to the CDC. The agency characterizes C. auris as an “urgent threat,” as it is often multidrug-resistant, meaning certain strains can be resistant to all three classes of antifungal medications used to treat fungal infections.What happens when people get it?There are two ways people can have C. auris, said Dr. Scott Roberts, an associate professor of infection prevention at Yale University. The first, colonization, occurs when the fungi appear on a person’s skin, and it’s asymptomatic most of the time. The second, infection, happens when it enters the body through a break in the skin.C. auris can be detected via a swab of the armpit or groin area.“Most of the time, the infections occur through bloodstream infection. There’s some entry into the skin somewhere; maybe your immune system’s not as good as it should be. You can’t fight it off, and you lead to a big infection,” Roberts said.Although this year’s case count may sound alarming, Dr. Nitipong Permpalung, director of mycology research at Johns Hopkins University, noted that there has also been an increase in screening that differentiates between those who are colonized with C. auris and those who are infected, which could account for some of the rising numbers.“We need to understand that ‘OK, this is a positive screening test, and this is through clinical case, and go from there,’ but I understand the concern. But we need to get some more data, and we need to work on the research in this area to improve the care,” Permpalung said.Dr. Ilan Schwartz, an associate professor of medicine at Duke University, said the fungi can cause symptoms like fever, low blood pressure or a high heart rate, as well as a dangerous condition called sepsis, when it enters the bloodstream. Because it spreads more often in healthcare settings, Schwartz said, it primarily affects people who have other health conditions.Like many germs that can be potentially deadly “in the right circumstance,” Schwartz said, infections can become serious and can be deadly in vulnerable patients, such as those undergoing chemotherapy, recovering from surgery or taking antibiotics.“Generally, these are going to be in patients who are already hospitalized and who are being monitored, and so the healthcare team should be well aware already if patients are showing signs of a general infection, so I don’t think that it’s something individuals need to be vigilant about,” Schwartz said.Awareness at the forefrontRoberts said people who are hospitalized or living in other medical settings should watch for symptoms of sepsis, including fever, high heart rate and low blood pressure.The most important thing people can do if their doctor detects the fungi, Roberts said, is to notify those they live with or those who are around them in a care facility. In addition, focus on washing hands and not sharing medical equipment before it is disinfected.Although C. auris continues to spread, hospitals and nursing homes can screen people to identify the fungi and potentially isolate them as an infection prevention practice, Roberts said.“I just have low confidence every facility can do that, or even right now we don’t even know how big a problem it is because a lot of places are not testing for this or don’t have the lab capability to even identify it,” Roberts said.Roberts noted that once the fungi has colonized a person, treatment generally focuses on any symptoms that develop.“There’s unfortunately not much to do,” Roberts said. “It’s moreso just awareness that it is on the scan or that it is there in that room.”The-CNN-Wire™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.
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