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Cómo el fútbol pone a prueba la frágil idea de la hermandad latinoamericana

El Mundial se acabó, pero nos dejó una idea muy clara: el fútbol no es solo fútbol. Un partido puede convertirse en la válvula de escape emocional perfecta para el ser humano, en el que, durante 90 minutos, se reproducen cientos de discursos distintos, en los que nacen y reviven conflictos sociales, políticos e históricos, mucho antes del pitazo inicial.

Entre celebraciones, altercados, victorias y pérdidas, la mayoría de los países latinoamericanos estaban sumergidos en un entorno digital que, a diario, mostraba un algoritmo repleto de videos e imágenes, desde lo educativo hasta lo puramente emocional. Esto demostró que el torneo más importante del mundo no solo se jugó en las canchas sino también fuera de ellas, y que, si bien ya sonó el silbatazo final, hoy en las redes sociales se siguen canalizando viejos discursos racistas y xenofóbicos, además de argumentar la validez de unos pocos nuevos que van casi por la misma línea.

La pregunta es inevitable: ¿por qué parece más fácil celebrar la derrota de un país vecino que identificarse con su victoria, si se persigue la “hermandad latinoamericana” bajo la idea de que compartimos una cercanía geográfica, mayormente el mismo idioma y también heridas históricas?

“El primer error es normalizar la violencia”, dice Emilio Carrillo, profesor de la Escuela de Psicología de la Universidad Internacional del Ecuador, quien cuenta con experiencia en el comportamiento humano y en el impacto psicosocial de los fenómenos contemporáneos.

Para Carrillo, la simpatía por el fútbol ha crecido a lo largo de los años. “Cuando vas a un estadio en cualquiera de nuestros países, muchas veces la gente que llega no tiene ni para comer, pero está con su equipo, se identifica, se compra la camiseta, la que cuesta más o la que cuesta menos, y esto tiene que ver con las necesidades psicológicas y el deporte, que más allá de la salud también aporta a ese descargue emocional de lo difícil que puede ser la vida cotidiana”.

A lo largo de varias semanas, el Mundial reunió a millones de personas en torno a algo poco común en tiempos tan polarizados: una experiencia compartida. Sin embargo, esta experiencia no fue la misma para todos.

Martín Ávila, director de la Escuela de Deportes de la Universidad Internacional del Ecuador y dirigente deportivo, dice que, con la digitalización del fútbol, los gustos de los hinchas se ven influenciados por otros factores, a veces externos al deporte.

“Hoy, una persona abre el celular y ve un video en Twitter o en TikTok donde cierto equipo hizo las cosas mejor que el otro; un jugador salió con una marca publicitaria con mayor afinidad, con sus relaciones personales, etcétera. En muchas ocasiones no propiamente apoyamos porque son latinoamericanos, sino por gustos futbolísticos, y el fútbol moderno ya no apoya a los países, sino también a los jugadores que están en esos equipos”, dice Ávila.

En redes sociales, el Mundial fue trasmutando: cada vez que una selección era eliminada, el foco del público saltaba hacia otro lado. Ese desplazamiento ocurre en un entorno donde, según la consultora GWI, el torneo absorbe una parte sustancial de la atención digital y donde el 74 % de los aficionados sigue activamente el deporte a través de redes sociales. Allí es donde las marcas y las tendencias orgánicas y no orgánicas intentan meterse en la conversación.

Para Carrillo es evidente que ese es el escenario cuando se habla de las nuevas generaciones. Una idea en común es pensar que, al ser países latinoamericanos que han atravesado procesos de conquista similares y donde figuras como la del “descubridor de América”, Cristóbal Colón, ya han sido ampliamente superadas en múltiples espacios, después de 500 años sería más coherente apoyar al equipo del país vecino, pero la realidad es otra.

“La colonización es parte de la historia, pero las nuevas generaciones no se mueven por eso; se mueven por lo que hoy denominamos tendencia, que se vincula con nuestras emociones y con lo que nos parece atractivo”, dice Carrillo.

Coincide en plantear que los espacios virtuales pueden estimular e incentivar emociones o necesidades psicológicas básicas de identidad o de pertenencia, de estatus dentro de un grupo, y que son las mismas que promueven comportamientos en las personas que se considerarían “dinámicas nuevas” que, para bien o para mal, desaparecerán en cuestión de semanas.

Para Carrillo, la figura de ciertos contenidos digitales creados durante el Mundial es un ejemplo de la falta de límites que las personas pueden llegar a tener cuando apoyan a un equipo, muchas veces al propio, que sobrepasa la percepción de seguridad.

“Llevar la ‘broma’ a través de los memes o a través de las imágenes para sobrellevar la situación es parte de nuestra cultura, pero en algún punto se salió de contexto. Por ejemplo, decir ‘te estamos esperando para matarte porque no hiciste un gol o porque no jugaste bien’ es mostrarlo así de sencillo: el límite de lo que pudiera ser permitido se perdió”, explica Carrillo.

Ya ha sucedido, con el homicidio del exjugador de la selección nacional de Colombia Andrés Escobar, quien, a los 27 años, anotó un autogol en la Copa del Mundo de 1994 que contribuyó a la derrota 2-1 en manos del anfitrión, Estados Unidos, y seis días después de terminar el torneo para Colombia, un hombre armado le disparó seis veces en Medellín.

Las autoridades vincularon el crimen con algunos capos de la droga, que, al parecer, habían sufrido grandes pérdidas en apuestas tras la eliminación de Colombia de la fase de grupos, pero nunca se pudo probar nada.

En cuanto a los encuentros mundialistas entre países latinoamericanos y sus posibles altercados entre fanáticos, vimos la repetición de varios escenarios en los que los partidos pasaron a un segundo plano.

“Yo recibí mensajes de odio y cosas horribles”, cuenta a CNN Itzel Jordán, una profesora mexicoecuatoriana, que reside en Ecuador desde hace seis años. Jordán cuenta que fue víctima de comportamientos violentos de ciertos hinchas ecuatorianos tras el partido entre Ecuador y México.

“Salí del restaurante con mi camiseta mexicana y un hombre bajó la ventana de su carro para gritarme groserías en la calle”, relata ella. Aunque agrega que, tras varias semanas, volvió a salir con su camiseta y varias personas la felicitaron y le hicieron comentarios agradables, lo que, justamente, menciona Carrillo: las llamadas “dinámicas sociales nuevas” que llegan a desaparecer con el paso de las semanas.

Por su parte, Daniel Poveda, un ecuatoriano que vive en Ciudad de México desde hace 11 años, contó a CNN que durante el partido de Ecuador contra el Tri no vivió ninguna situación que pusiera en riesgo su seguridad, más allá de la tensión de jugar como visitante y del peso de la localía mexicana. Poveda coincide con Carrillo en que el verdadero punto de preocupación estuvo en el ambiente generado en redes sociales.

En ese entonces, los halagos a la capacidad anfitriona de México durante el Mundial 2026 se vieron opacados en redes sociales cuando, en los dieciseisavos de final, la selección y la afición de Ecuador enfrentaron múltiples expresiones y comportamientos violentos de un grupo de aficionados mexicanos, además de denunciar haber vivido un ambiente hostil en el estadio, con insultos y abucheos.

“Vi muchas cosas en redes sociales que pasaron de ser chistosas a que podrías decir que sí podría estar un poco peligroso como ecuatoriano si sales con la camiseta amarilla (de la selección)”. Poveda recuerda que, ante las advertencias y comentarios que circulaban en internet, algunos grupos de ecuatorianos residentes en México comenzaron a organizarse para asistir juntos al estadio.

Un ambiente similar de tensión vivieron los hinchas ingleses durante su encuentro con el Tri en el estadio Ciudad de México en los octavos de final del Mundial que acaba de terminar. En redes sociales circularon videos en los que se observa a aficionados mexicanos realizando el gesto de cortar el cuello mientras amenazaban a los seguidores de Los Tres Leones.

Johanna Calderón, periodista deportiva ecuatoriana, quien cubrió el Mundial para un medio local y tiene experiencia en la cobertura de distintos encuentros futbolísticos, cuenta que, al conversar con aficionados ecuatorianos, varios le expresaron que no se sentían seguros después del partido. “Si a mi compañero, que solo estaba emitiendo un comentario cuando perdimos, le terminan agrediendo, imagínate si nosotros llegábamos a gritar un gol”, dice ella.

El consumo de alcohol fue otro de los elementos que, según Poveda, contribuyó a que se generaran comportamientos fuera del ambiente deportivo. A su manera de ver, el internet amplifica los conflictos. “Sí, se exagera mucho y las redes tienen ese efecto con todo, política, fútbol y cada vez nos polarizamos más”.

La periodista ecuatoriana recuerda que la experiencia había sido distinta meses antes, durante el partido amistoso entre Ecuador y México disputado en Guadalajara antes del Mundial. En aquella ocasión, asegura, no sintió ninguna tensión entre las hinchadas. “Me da pena ver hasta qué punto llegamos por un partido de fútbol. Desde los medios se incitó este ‘odio’ y en el estadio se convirtió en un clima más hostil. Amo este deporte, pero el fútbol es lo menos importante en lo cotidiano. El fútbol tiene que quedar ahí”.

Pero otra vez, no es solo fútbol: las tensiones entre ambos países tienen antecedentes. En 2024, México rompió relaciones diplomáticas con Ecuador tras el ingreso de fuerzas de seguridad ecuatorianas a la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, quien se encontraba asilado en la sede diplomática.

Frente a esta idea, Itzel afirma que la mayoría de los mexicanos reprobaron las actitudes de ciertos hinchas mexicanos contra ecuatorianos. “Igual la de la mujer que lanza cerveza a un ecuatoriano o los medios que incitaron a aficionados afuera del hotel de la selección, todos enfrentaron un tipo de linchamiento público en redes”, afirma Jordán.

En su momento, la Federación Ecuatoriana de Fútbol presentó un reclamo ante la FIFA por estas “acciones antideportivas” e hizo un llamado a que se adopten “las medidas necesarias para salvaguardar la integridad de nuestros jugadores, cuerpo técnico e hinchas”.

Los testimonios de Jordán, Poveda y Calderón reflejan los dos lados de una misma idea: la fuerte hermandad latinoamericana se puede volver frágil si un contexto político la respalda y el escenario deportivo lo amerita.

De acuerdo con Carrillo, las manifestaciones de violencia alrededor del fútbol, ocurridas fuera de la cancha, como en el caso de Ecuador y México, y dentro de ella, como fue en el partido de Argentina y España, donde además fueron varios los videos de hinchas argentinos involucrados en altercados contra hinchas mexicanos que habrían estado apoyando a España y, al mismo tiempo, hinchas argentinos recibiendo insultos y acusaciones de racismo antes y después de la final del Mundial, demuestran nuevamente cómo el deporte es utilizado como un mecanismo de influencia, acción y reacción respecto a lo político.

“Es la primera vez que estoy tan cerca de cuestiones de fútbol. Nunca me ha gustado porque sé que el fútbol atrae mucha violencia, pero nunca lo había percibido de esta manera, y ahora ves en redes hasta ataques de argentinos contra mexicanos y viceversa”, agrega Itzel Jordán, quien dice que tuvo la oportunidad de conocer Buenos Aires el año pasado, lo que, en su experiencia, marca una percepción diferente en comparación con el resto de las personas.

“A mí me encantó estar en Argentina; entonces te das cuenta de que al final el ser humano puede seguir teniendo un pensamiento arcaico y en cierto sentido racial. Hay mucha gente que se acerca más a ser irracional en sus acciones y pensamientos”, afirma.

Al enfrentar a dos países latinoamericanos que vienen arrastrando problemas diplomáticos o históricos (México y Ecuador), también surge la idea de que, desde las demás naciones vecinas, sea común “defender” al que se considere más “cercano” o que refleje mayores similitudes.

Calderón considera que algunas reacciones de los aficionados sudamericanos contra México estuvieron marcadas por “malos comportamientos y actitudes hacia los hinchas ecuatorianos” y que, desde ese punto de vista, algunas personas podrían haber decidido retirar su apoyo a la selección mexicana.

Para Ávila, esto en el deporte se limita país por país. “Si digo: soy hincha de España y Noruega por tal partido, siendo de Latinoamérica, no cambia nada, ni mi imagen o mi sentimiento de hincha, pero no va a ser lo mismo si, por ejemplo, siendo de Argentina, apoye a Chile o viceversa”, afirma.

Si lo relacionamos con la no tan nueva ola de críticas contra Argentina y su selección que llenó internet estas últimas semanas, resulta complejo mirar para otro lado, más cuando el señalamiento que se acentuó con más fuerza fue que “es un país racista”.

En diálogo con CNN, el sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Gabriel Puricelli está de acuerdo con que existen formas de racismo estructural en Argentina, al igual que en muchos otros países, pero aclara que no se puede decir que Argentina sea racista: “Es inaceptable porque es una generalización”.

Para Carrillo, y en relación con esta lluvia de ideas, muchas veces contradictoria, el “deseo” de la unión de los países latinoamericanos es muy difícil de sostener en la práctica debido a la existencia de otros elementos estructurales. “Las desigualdades, el racismo, la pobreza, la falta de oportunidades y también las débiles capacidades diplomáticas de la región”, explica.

Tras el partido de Argentina contra Inglaterra en la semifinal, algunos jugadores exhibieron una bandera con el mensaje “Las Malvinas son argentinas”, un hecho ya rechazado por el Gobierno británico y que constituye un episodio con raíces políticas de hace 44 años, cuando ambos países entraron en una guerra breve que dejó un saldo de 649 militares argentinos y 255 británicos muertos.

Ávila sostiene que, justamente, en este tipo de encuentros los partidos cambian su enfoque deportivo principal. “El fútbol ha vivido siempre entre espacios de violencia, sobre todo en Latinoamérica, y no solo entre nuestros países sino también con el resto de los continentes; puedes ver carteles y mensajes; se utilizan estos espacios porque para muchos es la manera de expresar lo que no pueden por otros medios. Incluso el público tiene comportamientos distintos”, agrega.

Para Carrillo, este relacionamiento entre países, culturas e identidades se ve marcado por procesos específicos, como la migración. “Las personas han migrado por diferentes lugares y han ido construyendo relaciones, mezclando identidades, creando vínculos. Eso puede determinar hacia dónde emocionalmente te vayas y no está mal”.

Jordán, quien también migró a Ecuador hace varios años, afirma que estos conflictos no deberían interferir en la convivencia entre personas de distintos países. “Lo más importante sería rescatar esa hermandad, la gente, la población. No tenemos por qué vivir las decisiones y rivalidades que toman los gobiernos o un grupo de personas, no tenemos por qué cargar con esas consecuencias”.

La idea simplista de que el fútbol es “solo fútbol” se va desdibujando cada vez más ante los matices y contextos que nos rodean. Como lo dice la socióloga María Graciela Rodríguez, docente de la Universidad de Buenos Aires, “hay algo allí de lo pasional que junta muchas cosas: satisfacciones, mucha ‘perfo’ (puesta en escena), de estar en la calle, de saltar, de abrazarse con otro, que es difícil de explicar racionalmente”, añadió.

Martín Ávila coincide en eso: “Estoy seguro de que el deporte, aparte de lo romántico que lo vemos, porque sí lo es, tiene elementos y cosas que logran hacer que las sociedades sean mejores. Una de las áreas que se estudia es el deporte para la paz y el desarrollo; hoy por hoy el mismo deporte que puede dividir también tiene la capacidad de fomentar armonía entre países que tengan conflictos políticos y sociales, y ese sería el desafío por perseguir desde nuestros países”.

La hermandad latinoamericana no siempre está explícitamente presente en el fútbol ni en un deporte en específico y, en definitiva, no se ve representada en la normalización de la violencia de ningún tipo.

Pero sí está latente al saber que Orlando Gill vendió todo, hasta su camiseta de la selección, para recaudar dinero y cuidar a su familia; hoy es el arquero que tapó dos tiros a Alemania, lo que permitió que Paraguay clasificara a octavos de final. Está en Gilberto Mora, de tan solo 17 años, quien se graduó de la secundaria tras saltar a las canchas de un torneo mundial y destacar en la selección mexicana. Está en corear a todo pulmón “Nuestro juramento”, de Julio Jaramillo, rodeados de banderas ecuatorianas, celebrando con un bolero y con las mismas lágrimas en los ojos que tenía Lionel Messi al jugar su último Mundial y felicitando a Lamine Yamal por el triunfo, sabiendo que su gente no le reprocharía nada.

Es compartir ese sentimiento argentino de haber perdido, pero de celebrar, porque lo uno no tiene que ver con lo otro. Ávila lo pone de esta forma: “Es imposible no sentir ese hormigueo patriota, por más que no te guste el fútbol. Es simplemente ver la dimensión de ese espectáculo con tu identidad allí plasmada. Eso, para mí, sí genera cosas positivas como sociedad, más allá de lo que pueda estar pasando en un país” (o, claro, en redes sociales).

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She was ‘Chelsea Jane Doe’ for nearly 26 years. An investigative tool used for suspects is now identifying victims like her

After nearly 26 years, “Chelsea Jane Doe” was finally identified by her name this summer: Tiffany Bradley. The breakthrough closed a decades long search, bringing a long-awaited resolution to a mystery that had languished unsolved.The case was cracked using investigative genetic genealogy, a combination of DNA analysis and paper trail research that has been used over the past decade to reverse engineer a person’s identity. While the technique has typically been used to search for suspects, the same method is providing a voice to the hundreds of unnamed Jane and John Does nationwide like Bradley.“The fact that we are here today is a miracle,” Bradley’s niece Shakirah Wiggins said. “It is totally amazing that after 26 years, people care enough to give her a name and return her to her family.”Bradley, 16, was a joyful child with a radiant smile, her family said. She vanished in November 2000, the FBI said. Meanwhile, for decades in Chelsea, Massachusetts, roughly 300 miles away, investigators had only grim fragments of a case — the mutilated remains of a teenage girl discovered in a parking lot, just across the river from Boston, and a killer who admitted to strangling and dismembering her. The culprit was behind bars, but the victim’s identity remained out of reach, according to Chelsea police.The first clue in the case came decades later. Three years ago, a private forensic science company called Othram built a DNA profile for the murdered girl, but because of the condition her body parts were discovered in, the DNA was in “horrible condition,” David Mittelman, Othram founder and CEO, said.In a missing persons case, the first step is to identify viable DNA. Without that vital information, the case can’t be worked.Investigators combed through the DNA and paper trail genealogy research to fill gaps in Bradley’s family tree, from newspaper and social media records to genetic analysis.The FBI used the profile to put together a family tree. They matched Bradley with her brother, confirming the identity of the athletic, girly girl and giving her back her real name.‘That really changed everything’The mystery of “Chelsea Jane Doe” couldn’t have been solved until recently, thanks to advancements in technology and the growing number of people who are uploading DNA into public databases.For centuries, genealogists have used paper records to build family trees. A couple decades ago, genealogists began using DNA analysis to knock down “genealogical brick walls,” where paper trails stop, said CeCe Moore, co-founder of DNA Justice, a nonprofit organization that allows anyone to upload their genetic profile to their DNA database, serving as resource for law enforcement genetic genealogists.The identification of the Golden State Killer in 2018 was the first time a major public case had been solved through genetic genealogy, according to Moore.“That really changed everything,” Moore said.The FBI subsequently created an investigative genetic genealogy team after realizing they could solve more cases with those techniques, Moore said. This led to Bradley’s identification, along with dozens of others.The remains of a 10-week pregnant young woman were identified last month as 15-year-old Cheryl Lynn Edwards, who went missing about 50 years earlier, according to nonprofit DNA Doe Project. In 1975, her body was found in the Mississippi River near Clinton County, Iowa. She had been killed by a gunshot wound to the head, an autopsy found.Naming her “Jane Clinton Doe,” the Iowa Department of Public Safety took the case to the DNA Doe Project, a group of volunteer genetic genealogists.A team of 16 genealogists put their heads together to work the case over a weekend. Within hours, they identified a couple from Louisiana as the girl’s grandparents, the nonprofit said.They focused their research on the grandparents’ children, soon discovering their eldest son had a daughter who “vanished from the records in the 1970s,” Trish Bird, a volunteer genetic genealogist who worked on the case, told the DNA Doe Project.Iowa DPS made contact with a relative of Edwards and confirmed she had gone missing, according to the nonprofit. As part of the last step to cracking the cold case, direct DNA testing confirmed Edwards’ identity.In both Jane Doe cases, investigators relied on public DNA databases to reveal the true identities of the teenagers.‘The system is overwhelmed’When searching DNA samples, the FBI traditionally uses its Combined DNA Index System, or CODIS, which compares a DNA sample against all known offenders.In missing persons cases though, investigators can often hit a dead end.“Unless you have a suspect in mind, or you got a guess as to who the person is, or you get a lucky match in the database, these cases are unsolvable,” Othram founder Mittelman said. “So look at Tiffany (Bradley). How are you going to solve her case? She was found in 2000. She’s not a criminal, so why would she be in CODIS?”This is where public, open-source DNA databases come in.DNA Justice and GEDmatch allow people to upload their DNA profiles from the providers of DNA tests, like AncestryDNA, 23andMe and MyHeritage, for free.As a matter of policy, the large DNA test providers only release data to law enforcement agencies if they’re required to by court order or subpoena.To access data from GEDmatch or FamilyTreeDNA, though, law enforcement must pay a fee per case upload. Between lab fees, processing costs and getting DNA profiles, the DNA Doe Project advises agencies to budget up to $10,900 per case.“With reduced funding, agencies prioritize suspect-focused cold cases, leaving John and Jane Doe cases at the bottom of the list,” said Margaret Press, co-founder of the DNA Doe Project, chief operating officer of DNA Justice and a pioneer of investigative genetic genealogy.Funding from the National Missing and Unidentified Persons System allowed the ball to roll on Edwards’ and Bradley’s cases, Moore said. There’s been more cross-state and international coordination.Still, over 15,000 active cases are yet to be solved in the NamUs database. Outstanding cases aren’t a failure on the part of investigators, Mittelman said.“There’s an overall infrastructure problem,” Mittelman said. “There’s massive underfunding and resourcing and prioritization of this problem.”“I think there are too many cases. The system is overwhelmed. We’ve got to do something different to just make this technology available more broadly.”A person’s background can also impact the DNA trail. There are fewer Black people in genealogical databases, Moore said. It’s also difficult to trace lineage within the population group.“The African American community is often more hesitant to assist law enforcement, especially by contributing their DNA or information about their families,” Moore said.And police are more likely to classify a missing Black person as a runaway, leaving the case unreported, Moore said.The paper trail also often falls short. If a family tree stretches before 1870, investigators are stopped by the “genealogical brick wall of slavery,” thanks to a lack of documented paper trails.Getting the ‘answers they deserve’Moore is hopeful the field of investigative genetic genealogy will expand, allowing genealogists to solve more missing persons cases.“Now, families don’t need to wait years or decades to get answers out of their loved ones, because if we’re allowed to use genetic genealogy on that case early, we can provide answers,” she said.On June 3, authorities in Chelsea, including police, FBI and the district attorney’s office, announced “Chelsea Jane Doe” had finally been identified as Bradley, a teenager who loved to draw, dance and cheerlead.“Throughout the years, Tiffany’s family never gave up hope that one day they would learn the truth and have the answers they deserved …” said Chelsea Police Chief Keith Houghton, who was a lieutenant when Bradley’s body was discovered. “While nothing can undo the tragedy they have endured, we are grateful that after nearly 26 years they can finally have the closure they have been seeking.”“Throughout the years, Tiffany’s family never gave up hope that one day they would learn the truth and have the answers they deserved …” said Chelsea Police Chief Keith Houghton, who was a lieutenant when Bradley’s body was discovered. “While nothing can undo the tragedy they have endured, we are grateful that after nearly 26 years they can finally have the closure they have been seeking.”Her family, now with the knowledge of what happened to their girl, attended the news conference and thanked everyone involved for not abandoning Bradley’s memory to languish in a cold case storage room.“I want to thank you from the bottom of my heart for not letting my baby be a box on a shelf,” Bradley’s aunt Janet Bradley-Knight said. “Thank you so much for letting us take her safely home.”The-CNN-Wire™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. 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