En Argentina no hubo silencio de derrota. En cambio, miles de hinchas cantaron en el Obelisco de Buenos Aires, con banderas en el aire, orgullo nacional y hasta un presidente dispuesto a declarar feriado nacional y abrir las puertas de la Casa Rosada para recibir al equipo, en una celebración que finalmente no se dio. La selección no logró traer la Copa del Mundo, pero sí llegó hasta el partido más importante del Mundial. Otra vez, una final. Y eso era digno de festejo.
A miles de kilómetros de distancia, la historia era otra. El foco internacional se concentró en los momentos posteriores a la final: los cruces entre jugadores argentinos y españoles y la investigación disciplinaria abierta por la FIFA sobre los incidentes en el campo de juego del MetLife Stadium de Nueva Jersey, que involucraron a Leandro Paredes y Nahuel Molina de la selección de Argentina.
Así, el resultado del partido quedó rápidamente asociado a otra acusación, esta vez por parte de la prensa internacional y las redes: que Argentina es irrespetuosa y no sabe perder.
Pero también hay otro señalamiento que lleva tiempo y que se acentuó con fuerza en las últimas semanas: que es un país racista.
La versión, que ya circulaba desde 2022 cuando un artículo del Washington Post se preguntaba por qué no hay más jugadores negros en la selección (que está lejos de ser integrada solo por blancos), en un país con 0,7 % de población negra, según datos del censo de 2022, se viralizó desde varios ángulos y fue hasta vinculada con cuestiones de hace varias décadas, como la llegada de varios jerarcas nazis tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Durante el partido con Egipto por octavos de final, el entrenador Hossam Hassan levantó los brazos cruzados en forma de “X”, lo que se interpreta como un “gesto de incidente racista” al reclamar la actuación arbitral. El técnico aclaró luego que no se refería a racismo, sino a injusticia, y la FIFA no informó de ningún incidente de ese tipo durante el partido ni de la activación oficial del protocolo antidiscriminación.
Gabriel Puricelli es sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En diálogo con CNN, cuenta que no cree que haya una campaña en contra de Argentina, pero sí piensa que hay una ola de críticas cuya envergadura es difícil de calcular por cómo funciona el algoritmo de redes sociales, que muestra todo aquello que atrae nuestra atención e indignación. Aunque Puricelli cree que existen formas de racismo estructural en Argentina, aclara que no se puede decir que Argentina sea racista: “Es inaceptable porque es una generalización”.
La selección liderada por Lionel Messi, que venía de ganar el título en 2022 y en este Mundial arruinó en los últimos minutos el sueño a países como Cabo Verde o Egipto, ya era la villana favorita de las redes.
Los argentinos pueden discutir entre sí sobre su selección, pero cuando la crítica viene desde afuera, se vuelven más argentinos que nunca y la respuesta puede ser mucho más intensa.
En los días posteriores a la final, varias figuras internacionales se vieron envueltas en polémicas. Para muchos fanáticos argentinos, el problema surgió cuando la derrota de su selección parecía convertirse en motivo de burla para algunos extranjeros.
Rosalía, la cantante española que está próxima a visitar Buenos Aires para dar una serie de conciertos, recibió una avalancha de críticas después de compartir un video de la artista Mia Khalifa en el que cantaba un fragmento de “La Perla”, una de las canciones de la artista española. El video estaba acompañado de una frase que decía: “Así suena la vida ahora que las perlas fueron derrotadas”, en alusión a la derrota de Argentina ante España, con un término que puede significar “mentiroso” o “tramposo”.
Como consecuencia, algunos de sus seguidores pidieron la devolución de sus entradas para no asistir a sus espectáculos en Argentina, aunque los tickets, que se agotaron en cuestión de horas en diciembre, todavía figuran sin disponibilidad. Rosalía, que ha declarado varias veces su afecto por el país e incluye a Buenos Aires en sus letras, borró la publicación de su perfil, explicó que no había leído la frase, pidió perdón y aseguró: “Solo tengo amor por Argentina”.
Quien también generó reacciones fue la artista estadounidense Patti Smith, ante una publicación agradeciéndole a Lamine Yamal con una imagen generada por inteligencia artificial en la que el futbolista lleva una kufiya, y agregó el mensaje “ganaron los buenos”, lo que muchos argentinos interpretaron como una toma de posición contra el país. Varios fans le recriminaron el mensaje, que Smith terminó borrando. Más tarde, compartió una foto de Messi, agradeciéndole su ejemplo.
Con acusaciones más duras, el actor estadounidense Samuel L. Jackson se sumó a los comentarios y compartió una publicación en Instagram en la que se calificaba a Argentina como uno de los países más racistas del mundo. La reacción no se hizo esperar y varios usuarios, incluso algunos que se dijeron fanáticos de la celebridad, rechazaron la palabras.
El comediante angoleño Ari Balanga, que vive en Argentina desde hace una década, publicó una respuesta al actor: “No generalices. La gente aquí es libre. Quiero invitarte, Samuel, a conocer a un verdadero argentino y no solo rumores sobre los argentinos. Tienes que ver más allá de las ciudades: ver las provincias”.
El asunto llegó hasta el Congreso de Estados Unidos. La representante demócrata por Texas Jasmine Crockett afirmó en una audiencia que Argentina posee una “historia racista”.
Rechazar esas afirmaciones no significa negar que Argentina, que abolió la esclavitud en 1853, antes que EE.UU. y otros países de la región, tenga una problemática racista que persiste estructuralmente, como afirma Amnistía Internacional en diversos informes. El país tuvo una campaña militar en el siglo XIX que varios analistas califican como genocidio contra pueblos originarios y construyó buena parte de su identidad en torno a la inmigración europea blanca.
Tampoco implica que no haya acciones discriminatorias que las redes amplifican, como los comentarios de un asesor presidencial o de una gobernadora, además de varios influencers. Incluso la reciente ola de críticas desde el exterior generó una reacción de propuestas xenófobas en espacios de ultraderecha. Hace unos meses, el Gobierno del presidente Javier Milei rechazó en la ONU declarar la trata de esclavos africanos como “el crimen más grave de la humanidad”, un voto solo acompañado por EE.UU. e Israel.
El actor español Javier Bardem, defensor de la causa propalestina, rechazó vincular automáticamente la postura de los líderes políticos con la de los pueblos. “Milei no es toda la población argentina, por supuesto”, dijo en una entrevista con el periodista Mehdi Hasan tras la final del Mundial. “Pero es cierto que, ante este alto nivel de enfrentamiento y conflicto, cuando un presidente apoya tan abiertamente a una persona que es un criminal de guerra, como (Benjamin) Netanyahu, entonces uno quiere apoyar al otro bando. Uno quiere apoyar también al otro bando que no respalda a un criminal de guerra”, expresó. El actor, que se refería a las acusaciones de la Corte Penal Internacional que el primer ministro israelí rechaza y califica de “escandalosos”, aclaró luego que no cree que Argentina sea xenófoba ni racista.
Así, una final de fútbol acabó siendo algo mucho más grande que un partido. Mientras muchos en el mundo todavía hablaban de cómo Argentina perdió, en el país ya decidieron qué prefieren recordar. España se quedó con la Copa. Argentina eligió celebrar el camino que la llevó a la final. Y para un país que vive el fútbol como parte de su identidad, eso fue suficiente para recibir a sus jugadores como héroes. Y eso causó revuelo.
Hay algo que puede resultar difícil de entender desde afuera: en Argentina, celebrar a la selección después de una derrota no significa fingir que ganó. Nadie necesita que le expliquen que España ganó el título. La celebración tiene que ver con otra cosa.
El técnico Lionel Scaloni admitió que “cuesta digerir” la final, pero en varias declaraciones reconoció la superioridad de España en el partido y pidió a la afición: “Tenemos que ser grandes en la derrota”.
El resultado es apenas una parte de una historia más larga, relacionada con el recorrido de la selección nacional y con el vínculo emocional que los argentinos construyeron con este grupo. Un equipo que en 2022 les trajo la Copa del Mundo desde Qatar, que disputó el que podría ser el último Mundial de Lionel Messi, el capitán de 39 años, y que ahora volvió a alcanzar una final. La selección puede no haber alcanzado el último objetivo y, aun así, haber dejado huella. Por eso, los jugadores volvieron a un país que quería agradecerles por haber llegado hasta allí y haberlo dado todo en la cancha.
Además del recibimiento bajo la lluvia al plantel argentino en Buenos Aires, una de las bienvenidas más emotivas fue la de Scaloni, que lloró al llegar a la casa de su pueblo natal, Pujato, en la provincia de Santa Fe. Allí, sus vecinos intercambiaron palabras de afecto y admiración por fotos y autógrafos. El entrenador dijo que, a pesar de no haber ganado la copa, consiguieron unir al país.
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